No recuerdo en qué preciso momento pasó, sólo sé que un día decidí dejar morir el corazón de un amigo y hoy, luego de leer un correo de esos que uno nunca espera pero que cuando llegan le retuercen hasta lo más profundio del alma, me arrepiento de haber permitido que ese corazón apagara su existencia. No es sentimiento de culpa, porque lo que ese corazón vivió no tuvo nada que ver conmigo. No sé a todas estas cómo explicar lo que siento.
Me gustaría decirle a mi amigo que si revivimos ese corazón va a encontrar la felicidad, que sus noches van a ver el día, que sus ojos volverán a ver el sol, pero no quiero ser irresponsable. Me gustaría decirle a mi amigo que si ese corazón vuelve a latir serán muchos los momentos de alegría y que nunca nadie volverá a herirlo de muerte, pero no soy mentiroso. Me gustaría decirle a mi amigo que nos equivocamos al esperar que el atardecer se apoderara de su vida y le arrancara todas las ganas de amar, pero cómo puedo yo convencerlo si yo mismo he dudado de la vida de mi propio corazón.
De alguna forma, macabra, me he acostumbrado a ver vivir a mi amigo sin su corazón. De alguna forma, que me asusta, aprendí a convivir con mi amigo sin siquiera pensar que cada momento que pasaba con él podría ser el último. De todas las formas, las más tristes, he tratado de evitar hablar con él sobre él, a tal punto que hoy puedo decir que no sé quién es mi amigo cuando está sólo en su cuarto, en su casa, en su noche. Para mí mi amigo es el que ríe a mi lado, el que disfruta del Barça a mi lado, es el que ama los burritos a mi lado. Pero hoy me doy cuenta que ese no es mi amigo. El que yo conozco es la idea que yo me hice para no recordar que había dejado morir su corazón.
Entiendo sus razones, claras desde el principio; no entiendo sus decisiones, oscuras hasta el final. A veces, sin embargo, me gustaría tener un poco de mi amigo en mí para no ver la vida con tanta luz. A veces, demasiadas, me gustaría que mi amigo tuviera algo de mí para que viera que la vida no es tan complicada. A veces quisiera repetirle miles de veces la frase que canta Milanés que dice: "No pienso que sufrir es aquella opción que nos dio algún Dios para salvarnos...". A veces me gustaría darle un abrazo que durara años. A veces me gustaría darle una patada que lo mantuviera despierto por años. Siempre me gustaría que entendiera que la vida no es un continuo momento feliz, entonces tampoco debe ser un continuo momento de tristeza, y que por más que él se empeñe en hacer de sus días una larga noche, un día el sol le quemará los ojos.
Me gustaría decirle a mi amigo que si revivimos ese corazón va a encontrar la felicidad, que sus noches van a ver el día, que sus ojos volverán a ver el sol, pero no quiero ser irresponsable. Me gustaría decirle a mi amigo que si ese corazón vuelve a latir serán muchos los momentos de alegría y que nunca nadie volverá a herirlo de muerte, pero no soy mentiroso. Me gustaría decirle a mi amigo que nos equivocamos al esperar que el atardecer se apoderara de su vida y le arrancara todas las ganas de amar, pero cómo puedo yo convencerlo si yo mismo he dudado de la vida de mi propio corazón.
De alguna forma, macabra, me he acostumbrado a ver vivir a mi amigo sin su corazón. De alguna forma, que me asusta, aprendí a convivir con mi amigo sin siquiera pensar que cada momento que pasaba con él podría ser el último. De todas las formas, las más tristes, he tratado de evitar hablar con él sobre él, a tal punto que hoy puedo decir que no sé quién es mi amigo cuando está sólo en su cuarto, en su casa, en su noche. Para mí mi amigo es el que ríe a mi lado, el que disfruta del Barça a mi lado, es el que ama los burritos a mi lado. Pero hoy me doy cuenta que ese no es mi amigo. El que yo conozco es la idea que yo me hice para no recordar que había dejado morir su corazón.
Entiendo sus razones, claras desde el principio; no entiendo sus decisiones, oscuras hasta el final. A veces, sin embargo, me gustaría tener un poco de mi amigo en mí para no ver la vida con tanta luz. A veces, demasiadas, me gustaría que mi amigo tuviera algo de mí para que viera que la vida no es tan complicada. A veces quisiera repetirle miles de veces la frase que canta Milanés que dice: "No pienso que sufrir es aquella opción que nos dio algún Dios para salvarnos...". A veces me gustaría darle un abrazo que durara años. A veces me gustaría darle una patada que lo mantuviera despierto por años. Siempre me gustaría que entendiera que la vida no es un continuo momento feliz, entonces tampoco debe ser un continuo momento de tristeza, y que por más que él se empeñe en hacer de sus días una larga noche, un día el sol le quemará los ojos.

